La gran contracción: qué hay detrás del desplome de la base monetaria
Durante los últimos meses, la base monetaria argentina se redujo a niveles históricamente bajos. No se trata de un ajuste menor: es una de las políticas más agresivas de absorción monetaria desde la crisis de 2002. Sin embargo, entender su alcance exige ir más allá de los titulares. La cuestión no es solo cuántos pesos quedan en la economía, sino qué tipo de modelo se está consolidando a partir de esa contracción.
Una caída sin precedentes
Según los últimos datos oficiales, la base monetaria cayó por debajo del 3% del PBI, el nivel más bajo en más de dos décadas. En términos reales, significa que el Banco Central extrajo dinero del sistema más rápido de lo que se destruye por inflación, una rareza incluso en contextos de estabilización.
El objetivo inmediato parece claro: enfriar la demanda de dólares y frenar la inflación. Menos pesos en la calle implican menos presión sobre los precios y el tipo de cambio. Pero el costo de esa estrategia empieza a verse en otros frentes: consumo deprimido, crédito casi inexistente y una recesión que ya golpea a la economía real.
El experimento Milei: equilibrio a cualquier precio
El gobierno de Javier Milei plantea esta contracción como parte de su búsqueda del “equilibrio monetario” previo a una eventual dolarización o competencia de monedas. El razonamiento es sencillo: sin emisión, no hay inflación.
Sin embargo, la realidad argentina es más compleja. Una economía que depende fuertemente del circulante para sostener la actividad —especialmente en pymes y comercios— no puede sobrevivir mucho tiempo con el nivel de iliquidez actual. La falta de pesos está paralizando el consumo interno, y con él, la recaudación, el empleo y la confianza.
En términos técnicos, el multiplicador monetario está colapsando: los bancos no encuentran demanda de crédito, las familias no pueden endeudarse y las empresas no invierten. El dinero, literalmente, no circula.
La contracción como estrategia de poder
Más allá del plano técnico, el ajuste monetario tiene una lectura política profunda. Al secar la plaza, el Gobierno no solo busca disciplinar precios, sino también reconfigurar el poder económico.
Un mercado de dinero escaso fortalece a quienes tienen acceso al capital —grandes empresas, fondos y exportadores— y debilita a los sectores que dependen del flujo de caja diario. En otras palabras, se recentraliza la riqueza en los actores financieros y exportadores, mientras se achican las posibilidades del mercado interno.
Desde esta perspectiva, la contracción no es un simple instrumento de estabilización: es una herramienta de redistribución del poder económico. Y esa dinámica es la que puede definir el perfil del próximo ciclo argentino.
El riesgo del “éxito técnico”

A corto plazo, es posible que los indicadores macro acompañen. La inflación puede seguir bajando, el dólar puede estabilizarse, y las reservas del Banco Central pueden mejorar. Pero esa mejora se sostiene sobre una base frágil: una economía sin combustible.
Reducir la inflación sin restablecer la capacidad de crecimiento equivale a curar la fiebre cortando el flujo sanguíneo. Si el sistema no recupera crédito, confianza y demanda, el rebote no llega.
Y si no llega, la presión política —especialmente desde las provincias, sindicatos y sectores medios— puede erosionar la estabilidad antes de que el “modelo de equilibrio” madure.
El falso dilema: emisión o estabilidad
Uno de los mayores errores del debate público argentino es plantear la emisión monetaria como sinónimo de descontrol. En realidad, el problema no es emitir, sino para qué y cómo.
Un Estado que emite para sostener subsidios ineficientes o financiar déficit crónico destruye valor; pero uno que emite para financiar obra pública productiva, crédito pyme o innovación tecnológica puede impulsar crecimiento sin desatar inflación, siempre que existan anclas fiscales y de productividad.
La historia de los países que lograron estabilizar sus monedas —de Brasil a Israel— demuestra que la disciplina monetaria necesita un correlato real, no solo restricción. Sin inversión, sin crédito y sin empleo, ninguna moneda se fortalece de verdad.
Un nuevo equilibrio por construir
Lo que está en juego no es solo una cifra en los balances del Banco Central, sino el modelo económico de la próxima década. Si la contracción actual deriva en una economía más chica, concentrada y dependiente de exportaciones primarias, Argentina puede entrar en un ciclo de estabilidad sin desarrollo.
Pero si el Gobierno logra transformar la restricción monetaria en una base para reordenar el sistema financiero, recuperar crédito productivo y mejorar la eficiencia del gasto público, entonces esta etapa podría ser el punto de partida de un orden más sólido.
La estabilidad no se defiende solo con menos pesos, sino con más confianza, más productividad y más sentido estratégico.
La economía argentina ya probó el exceso de dinero; ahora está experimentando su ausencia. El verdadero equilibrio estará en encontrar un punto intermedio donde el dinero vuelva a circular no para inflar precios, sino para mover el país.
